En el venero de tus ojos duerme la nińa encantada que amé despierto bajo los cipreses de la edad primera. Tú crecías jugando a ser reina bajo los damascos y en el jardín protegido por un manto de alerces, un tocado de geranios cada tarde te esperaba.
Te desconocía la lluvia a la salida del invierno mientras los caballos retozaban taciturnos en el estercolero, porque tú eras el relámpago amarillo de la primavera; el imposible perfume que adiestraba el viento.
Ahora sé por qué te reconozco aún en medio de la niebla; llevas en tus ojos la nińa que amé, la que eras, y la que seguiré amando aún cuando mi voz gastada sea por fin, parte del susurro del viento, y haya iniciado su sueńo de oro extinguido, desmembrado en hebras de polen bajo el agitar batiente de los álamos quejumbrosos.
Por eso cuando llegas para ocupar el silencio, te reconozco. por eso todas las cosas cantan cuando bates tus párpados y adulas el aire enrarecido por el aroma de los naranjos. Aún vaciados mis huesos entre el calcio de los estanques te seguiré amando como la rama a la hoja, o la raíz a la tierra.
Aún descubierta mi lucidez de arena y moho bajo la clepsidra de un improvisado abrevadero seguiré escuchando el murmullo tenue de tu voz salina; será el aliento que reunirá mis átomos esparcidos por la estancia.
Por eso te reconozco cuando en el fondo de tus ojos una nińa oculta con pupilas de amor me mira, y descubre el pacto hecho hace siglos entre las flores.